Islas

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Tenerife desde La Gomera

El blog de Beatriz Fariña

El que no inventa no vive. Ana María Matute (premio Cervantes).



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sábado, 10 de diciembre de 2011

La mancha

- Qué tal va la cosa, ¿se mueve?.
- Pues sí, hoy está animadito. ¿Ves esa espuma que sale a veces?
- Sí, sí que se ve. A ver si sale de una vez y volvemos a la normalidad.
Esa tarde se había reunido un buen grupo de vecinos en la punta de la avenida, algunos turistas miraban con prismáticos hacia la zona que burbujeaba dando un color canelo al centro de la gran mancha verde. El mar estaba especialmente calmado y la ausencia de nubes hacía presagiar un bonito atardecer. Los niños correteaban alrededor de sus madres riendo con sus juegos. Era el tema, el único. La “crisis volcánica” como decían los políticos, tenía al pueblo alterado, alterado y deprimido, tantos negocios cerrados, la pesca paralizadas, las evacuaciones, los terremotos.

Juan era vulcanólogo, jamás había visto un volcán activo, todo lo había estudiado en los libros, cuando lo llamaron aquella tarde y le dijeron que se tenía que ir a la isla para seguir de cerca la actividad volcánica no se lo podía creer, serían turnos muy largos y tediosos, sabían que había empezado pero no cuándo acabaría, que la naturaleza es caprichosa y no se rige por leyes humanas, así y todo se sintió el hombre más feliz de la tierra, empaquetó lo necesario y salió para el aeropuerto.
Un mes después seguía feliz y además, cansado, efectivamente aquello era duro, los horarios fueron peores de lo  que se suponía en un principio, la improvisación era la tónica general y lo que se tenía previsto para el día siguiente, cambiaba según se comportara el volcán, a veces un desalojo repentino, otras un emisión de material inesperada, un seismo.....Aquello era una locura, una locura maravillosa y anárquica.
Esa tarde estaba libre, se pasó por la avenida, le gustaba oir los comentarios de los vecinos, a veces tan inocentes con respecto al caprichosos volcán. Ya no le acribillaban a preguntas, sabían que la ignorancia era el principal motor de la ciencia y que todos estaban aprendiendo. Miró a la mancha, en ese momento empezó a subir una masa blanca.
- mira, mira ¡¡¡
- ohhh, qué bonito
- tooomaaa, que guapo¡
Juan lo observó sin decir nada, siempre lo había visto en el monitor desde el “cuartel general de los científicos”, era maravilloso, los bloques saltaban varios metros sobre la superficie con un chorro de vapor a modo de geisher. Luego aguantaban un rato sobre la superficie y se hundían, efectivamente la actividad era mayor que en otras ocasiones, sintió una emoción fuera de lo normal, le picaban los ojos …. una chica que estaba a su lado le miró sonriente.
- Verdad qué es bonito?
Pues sí, mucho....- le contestó algo aturdido por el momento de debilidad -.
- Hola, me llamo Clara, mis padres me han dicho que eres uno de los científicos.
- Bueno, trabajo en el centro de vigilancia volcanológica.
- Yo creo que una cosa tan bonita tiene que ser buena, buena para todos, pero ellos están enfadados con la situación ….verdad que esto será bueno ¡¡¡¡.
Juan no sabía qué contestar, la parecía una chica tan candorosa e inocente que no quería decepcionarla, se dejó llevar por el corazón y contestó.
- Estoy seguro, será bueno.
Todos siguieron mirando al horizonte, el vapor blanco seguía orlando el centro de la enorme mancha, mientras el sol se fue ocultando en un hermoso atardecer.

viernes, 21 de mayo de 2010

carnaval, carnaval ....

Aunque entre la progresía de mi generación no se les considera políticamente correctos, a mi me encantan los carnavales y me lo paso bien los días (bueno, las noches) que bajo. Es verdad que ya cuesta aguantar hasta las tantas, es verdad que ese ritmo de acostarte por la tarde y levantarte de madrugada, para bajar cuando la cosa bulle, no me va nada, de hecho no lo hago. Yo me pego la pechada de sobrellevar la jornada y luego cogerme el tranvía para llegar animaditos a la fiesta. Pues eso, bajar en tranvía una noche de carnaval, es de las cosas más divertidas que se pueden hacer. Por supuesto hay que ir disfrazado y meterse en la historia. Una de esas veces, nos subimos en la parada de la Cruz de Piedra, tras ver pasar las guaguas tan a tope que ni paraban y a las que sólo les faltaba la música para ser un “coche engalanado” de esos de la cabalgata del viernes. Pues, una de esas veces, subimos y, para poder entrar nos tiraba del brazo un grupo de “sarantontones” de antenas convexas y caras rojas, tiraban con una mano y con la otra sostenían el vaso con la bebida que, religiosamente vertieron sobre nuestras pecheras al llegar a la plataforma. Bueno al trocito de plataforma donde nos entraron los dos pies juntos. Me di la vuelta para agradecer el gesto y la bebida y me calló encima una preñada de 1,95 con bigote. Tras el meneo del arranque del tranvía, todos nos recolocamos y con cierta dignidad buscamos un centímetro de barra para asirnos. Mi compañero distaba de mi como siete mascaritas, casualmente todas animadoras con pompones de colores.  La fiesta llegó a su climax cuando un obispo orondo de cojines (no de cojones) sacó una botella de ron y animadamente comenzó a convidar a sus allegados, que podríamos ser como unos doscientos. Todos tendimos la mano cual sedientos ermitaños del desierto,  algunos con vasos medio escachados y otros sólo implorando un chupito directo. Mientras, el conductor en una alarde de solidaridad sin precedentes, seguía parando y subiendo (???) mascaritas. De esa guisa llegamos a la última parada. La verdad que podríamos haber seguido en el vagón otro buen rato yendo y viniendo a La Laguna mientras quedara bebida, pero en fin, hicimos de tripa corazón y bajamos todos. Ya el grupo se fue desparramando un poco y se volvieron a juntar los bigotudos con las de los pompones, los obispos con los diablos, los romanos con las odaliscas y algunas mujeres lograron recuperar a sus hombres llenos de carmines y purpurinas ajenas.   Por cierto, esa noche en ese tranvía, ninguna mascarita logró acertar a meter el bono por la rajita del aparato ticador. ¡ Cosas de los carnavales ¡.

domingo, 9 de mayo de 2010

burritos y turistas

Yo tendría 17 años, fuimos un grupito a quedarnos unos días en Masca, recuerdo que al pasar por los altos de Santigo del Teide el viento era tan fuerte que tuvimos que pasar agachados y sujetándonos al suelo. Dormimos en una de las casas del pueblo que nos dejó Pepe Pérez el alcalde pedáneo. Aun no había carretera y los turistas hacían la caminata en burro. Mírenlos qué contentos (los turistas, claro).

jueves, 22 de abril de 2010

el tranvía de antes

Un señor muy mayor de Arico me contó una anécdota sobre el antiguo tranvía que funcionaba en la isla. Hacía el recorrido entre la Plaza España en Santa Cruz y Tacoronte y dejó de funcionar en los años 50. Contaba que iba Marcial caminando por la Cuesta, en esa época era habitual que la gente, la pobre claro, fuera descalza, las alpargatas se dejaban para los actos sociales. Pues eso, iba Marcial subiendo por el camino cuando oyó las voces que daba un carretero para que la gente se arrimara. Marcial se desvió hacia su izquierda caminando por encima de las vías del tranvía, con tan mala pata que se le coló el dedo gordo del pie izquierdo en el rielito ese que tenía la vía, es decir el sitio por donde corre la rueda del aparato. Hay que añadir que Marcial era de esos hombres tipo "puntal", inmensos y que todo lo tenía grande, imagínense el dedo gordo. Tiraba Marcial hacia arriba para sacar el dedo, tiraba y no lograba sacarlo. Un grupo de parroquianos lo vieron y fueron en su ayuda, él había dejado el hatillo en el suelo y con las manos tiraba del pie propietario de aquel dedo, que cuanto más se jalaba de él más gordo se ponía. Como aquello no parecía tener solución alguien dijo, -que siga hasta el cambio de aguja, a ver si allí lo saca. Así que ahí va Marcelino caminando con el pie derecho y arrastrando el izquierdo, la comitiva de curiosos lo acompañó, los últimos miraban para atrás por si venía el tranvía. Nada que en el cambio de aguja tampoco se pudo sacar el dedo ....

Para no aburrirles con el relato del largo recorrido de Marcelino, sólo decirles que, según este señor de Arico que me hacía el relato, hasta la última estación, la de Tacoronte, llegó Marcelino con su dedo enrielado, su hatillo y una comitiva de curiosos que le acompañaban renovándose de parada en parada, porque claro, el tranvía también venía detrás.

¡¡¡ Qué exagerado, no ¡¡¡