Suspendidos en el piso 33 de la torre de oficinas, Adalberto y Carolina hablan cada uno sentado en esquinas opuestas del ascensor.
A veces habían coincidido por ser de los primeros en entrar al trabajo, ella se baja en el 34 y él sigue hasta el 37. También se suelen ver al acabar la jornada, siempre con los rezagados. Nunca antes habían hablado, ni siquiera uno de esos saludos que se hacen con un gesto al resto de seres humanos que forman parte de nuestro decorado diario.
Esa noche tendrían tiempo de darse los buenos días y las buenas noches que jamás han intercambiado.
Diez minutos después de que el ascensor quedara parado, tocaran insistentemente la alarma y comprobaran cada uno por su cuenta que no tenían cobertura en sus respectivos teléfonos, ella dijo.
- Pues vaya faena, …. nos oirá el vigilante, supongo.
- Imposible, me telefoneó para decirme que saliera por la puerta trasera, que se iba y dejaba la alarma puesta.
- Pero eso no puede ser, a mi no me dijo nada. ¿Cómo hubiera salido yo?
- Habrá dejado una nota en la puerta, o se habrá olvidado simplemente. Como es nochebuena.
El silencio vuelve a reinar entre ellos. Adalberto analiza la situación, con el ascensor averiado dentro de un inmenso edificio de oficinas vacío, en la víspera del día de navidad, les esperaba, con suerte, una larga y fría noche. Además a él nadie le echaría de menos.
- Bueno, entonces qué podemos hacer?. Preguntó Carolina con la voz temblorosa y apunto de llorar.
- Creo, que no podemos hacer nada. Tranquilizarnos y esperar a que los vigilante del siguiente turno lleguen pronto.
- Pero mañana es navidad, no creo que trabajen.
- Esperemos que no tengan familia y vengan …..., realmente no tengo ni idea de si trabajarán o no.
Carolina se hundió en un silencio reflexivo, se aisló y fue cayendo al suelo hasta quedar acurrucada. Él le preguntó si alguien la esperaba, ella meneo la cabeza. A la cuarta vez que le preguntó si tenía frío, respondió....Sí.
- Pues debes levantarte y moverte.... por cierto me llamo Adalberto -dijo extendiéndole la mano, en un gesto más protocolario que lógico-.
Carolina lo miró con la vista ida, Adalberto se preocupó, ¿estaría en estado de shock?. Su mente analítica comenzó a repasar sus conocimientos de primeros auxilios, basados en muchos años de ver telefilmes. La sujetó de la muñeca, la levantó y cuando iba a empezar a abofetearla ella dijo:
- Yo me llamo Carolina, encantada.
Un rubor acaloró sus mejillas y casi le arranca una sonrisa.
Eran las 9 de una espléndida mañana de navidad, Raul tecleó el código de la alarma y abrió la entrada principal. No tardó en darse cuenta de que el ascensor A de la torre I no funcionaba, justo fue el que eligió para subir y comenzar la ronda de vigilancia. Dudó en llamar a la empresa de mantenimiento, - ¿trabajarán hoy? - se preguntó. Bueno, llamaré dentro de un rato a ver si alguien lo coge.
Aburrido de repasar oficinas vacías se dirigió al teléfono de la primera mesa y tecleó a su país, era buena hora para localizar a su madre en casa y felicitarla.
Colgó enjugándose unas lágrimas, mirando a la puerta del ascensor que tenía enfrente recordó que debía llamar. El operador le fue indicando la serie de comprobaciones que debía hacer previas a la visita del servicio técnico, ya que este se demoraría por ser fecha tan señalada. Raúl iba y venía del teléfono al cajetín eléctrico siguiendo las instrucciones, en una de ellas se escuchó el ruido de la puerta del ascensor que se abría, ¡que gracia! justo estaba parado en el piso que había elegido para llamar por teléfono.
Salieron dos personas, una pareja, se arreglaban la ropa con movimientos nerviosos.
- Hola -dijo Raul- no sabía que había alguien atrapado dentro.
- Feliz navidad, -dijo Carolina mirando a Adalberto con una sonrisa cómplice-.
- ¡Tremenda una faena!, ¿llevan ahí toda la noche?.
- Bueno …... he tenido “nochebuenas” mucho peores -dijeron ambos-
Rieron por la coincidencia. Carolina pulsó el botón del segundo ascensor para bajar y exclamó al llegar.
- ¡Vaya! este funciona.
Raul los miró entrar alegres al ascensor, les felicitó la navidad y pensó: ¡qué gente más rara!.
Islas
Tenerife desde La Gomera
El blog de Beatriz Fariña
El que no inventa no vive. Ana María Matute (premio Cervantes).
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martes, 18 de diciembre de 2012
jueves, 16 de agosto de 2012
El secreto de Arcadio
Había que pensar en una tapadera.
- Ya sé ¡, clases de corte y confección.
Corrían los años 70 y en aquel pequeño pueblo del interior poco había de entretenimiento, así que el hecho de que un grupo de mujeres se apuntaran a clase de costura en casa de una de ellas era de lo más normal.
Dª Claudina, la madre de Arcadio, salió del médico con cara preocupada, había ido ella sola a la consulta aunque el paciente en este caso era su hijo. El Doctor Zacarías le explicó con total “claridad” el padecer del chico, ella realmente no entendió nada pero tras la visita su preocupación aumentó. Su hijo sufría frecuentes “ataques de nervios” desde muy pequeño, esto junto con los mimos excesivos de su madre, le habían causado un cierto retraso, de tal manera que ahora a sus 25 años aquel mozo bien plantado, alto y fuerte no era capaz de resolverse por su cuenta e iba encaminado a sustituir a Venancio, el tonto oficial del pueblo, en cuanto quedara la plaza libre. Porque a Arcadio realmente no se le notaba, no se le notaba hasta que no intentabas entablar una conversación con él, entonces te miraba con una sonrisa alelada y se sumía en su habitual silencio. En los últimos meses Arcadio había tenido ataques más frecuentes y agudos, por eso la visita de su madre al doctor, éste, además de la sarta de términos médicos con que la apabulló, le recomendó que el muchacho “tuviera trato carnal de vez en cuando con mujeres” o empeoraría, pudiendo llegar a tener aun mayores lesiones. Para Dª Claudina la “medicina” de Don Zacarías resultaba tan imposible como hacerle un sarcófago de oro al niño, de ahí su gran preocupación. Lo primero que la madre descartó fue conseguirle una novia a Arcadio, ya lo había intentado cuando era más joven, antes de que lo evidente fuera evidente. Luego cayó en la cuenta de que el sexo también se puede obtener pagando, pero en el pueblo no había “muchachas de vida alegre”, y tampoco se veía ella en la salita de espera de una “casa de tapadillo” de la capital explicando las peculiaridades del muchacho. Simplemente Dª Claudina veía imposible “administrar” esa medicina a su hijo.
Esa misma tarde, en casa de su vecina Matilde, tomando café con otras amigas fue cuando Dª Claudina, tras estallar en llanto, se desahogó y compartió su pena. Todas comprendieron la impotencia que Dª Claudina como madre sentía ante la situación. Por la noche Matilde y Ramona, ya solas y algo piripis por las copitas de anís que habían tomado para relajar la situación, comentaron.
- Pues el Arcadio está como para hacerle un favor – dijo Matilde con cara pícara.
- Yo estaba pensando exactamente lo mismo – comentó Ramona reprimiendo la risa- además su madre se lo merece, tan buena amiga que es.
Y así es como comenzó la cosa, casi como una broma. Poco a poco y alentadas por el espíritu colaborador de las mujeres del pequeño pueblo la idea fue tomando cuerpo. El grupo estaba formado por todas las mujeres casadas entre 35 y 50 años, todas amigas, todas dispuestas al sacrificio por su amiga Dª Claudina y a guardar el secreto. Una de las reglas a la que se llegó por consenso y sin mucha discusión fue que se iría “actuando” por orden alfabético, ya sobre la frecuencia del tratamiento hubo más discrepancia, hasta que se determinó que sería semanal, no iba a estar el enfermo mejor atendido que los respectivos maridos. Cada vez que se reunían surgían dudas, que si mejor domingo que día laboral, dónde, cuándo.....Así hasta que un día Armandina Acevedo algo alterada intervino:
- pero bueno, ¿cuándo vamos a empezar?, mucho bla, bla, bla, pero al muchacho le puede dar el jamacuco en cualquier momento.
No se hizo comentario jocoso alguno, se miraron y comprendieron que el momento había llegado. Como eran tan sólo ocho mujeres, en dos meses acabarían la primera ronda y ya irían improvisando.
El jueves a las 6 de la tarde, en casa de la susodicha se reunieron, y Dª Claudina, al igual que ellas, acudió a la clase de corte y confección que supuestamente se impartía. Ésta iba acompañada de Arcadio, que como siempre iba con su aire abstraído. Armandina, nada más llegar, lo cogió de la mano y lo entró al dormitorio, subió la radio y el resto del grupo comenzaron ajetreadas a preparar café, sacar la máquina de coser, enhebrar agujas, dibujar patrones, coger vueltos y charlar con tono algo forzado sobre la telenovela del mediodía. Dª Claudina participaba en las tareas con zozobra, cargaba con sentido de culpa, por ella todas esas decentes esposas y madres de familia estaban cometiendo pecado o al menos, para las menos creyentes, engañando a sus maridos. La radio retransmitía un partido de fútbol a todo volumen, de repente dejó de sonar y se abrió la puerta, salió Arcadio con la misma cara de alelado de siempre, tras él Armandina algo sudorosa y ante la atenta mirada de sus abnegadas compañeras soltó:
- Eah ¡¡, ¿cómo va la costura?.
- Ya sé ¡, clases de corte y confección.
Corrían los años 70 y en aquel pequeño pueblo del interior poco había de entretenimiento, así que el hecho de que un grupo de mujeres se apuntaran a clase de costura en casa de una de ellas era de lo más normal.
Dª Claudina, la madre de Arcadio, salió del médico con cara preocupada, había ido ella sola a la consulta aunque el paciente en este caso era su hijo. El Doctor Zacarías le explicó con total “claridad” el padecer del chico, ella realmente no entendió nada pero tras la visita su preocupación aumentó. Su hijo sufría frecuentes “ataques de nervios” desde muy pequeño, esto junto con los mimos excesivos de su madre, le habían causado un cierto retraso, de tal manera que ahora a sus 25 años aquel mozo bien plantado, alto y fuerte no era capaz de resolverse por su cuenta e iba encaminado a sustituir a Venancio, el tonto oficial del pueblo, en cuanto quedara la plaza libre. Porque a Arcadio realmente no se le notaba, no se le notaba hasta que no intentabas entablar una conversación con él, entonces te miraba con una sonrisa alelada y se sumía en su habitual silencio. En los últimos meses Arcadio había tenido ataques más frecuentes y agudos, por eso la visita de su madre al doctor, éste, además de la sarta de términos médicos con que la apabulló, le recomendó que el muchacho “tuviera trato carnal de vez en cuando con mujeres” o empeoraría, pudiendo llegar a tener aun mayores lesiones. Para Dª Claudina la “medicina” de Don Zacarías resultaba tan imposible como hacerle un sarcófago de oro al niño, de ahí su gran preocupación. Lo primero que la madre descartó fue conseguirle una novia a Arcadio, ya lo había intentado cuando era más joven, antes de que lo evidente fuera evidente. Luego cayó en la cuenta de que el sexo también se puede obtener pagando, pero en el pueblo no había “muchachas de vida alegre”, y tampoco se veía ella en la salita de espera de una “casa de tapadillo” de la capital explicando las peculiaridades del muchacho. Simplemente Dª Claudina veía imposible “administrar” esa medicina a su hijo.
Esa misma tarde, en casa de su vecina Matilde, tomando café con otras amigas fue cuando Dª Claudina, tras estallar en llanto, se desahogó y compartió su pena. Todas comprendieron la impotencia que Dª Claudina como madre sentía ante la situación. Por la noche Matilde y Ramona, ya solas y algo piripis por las copitas de anís que habían tomado para relajar la situación, comentaron.
- Pues el Arcadio está como para hacerle un favor – dijo Matilde con cara pícara.
- Yo estaba pensando exactamente lo mismo – comentó Ramona reprimiendo la risa- además su madre se lo merece, tan buena amiga que es.
Y así es como comenzó la cosa, casi como una broma. Poco a poco y alentadas por el espíritu colaborador de las mujeres del pequeño pueblo la idea fue tomando cuerpo. El grupo estaba formado por todas las mujeres casadas entre 35 y 50 años, todas amigas, todas dispuestas al sacrificio por su amiga Dª Claudina y a guardar el secreto. Una de las reglas a la que se llegó por consenso y sin mucha discusión fue que se iría “actuando” por orden alfabético, ya sobre la frecuencia del tratamiento hubo más discrepancia, hasta que se determinó que sería semanal, no iba a estar el enfermo mejor atendido que los respectivos maridos. Cada vez que se reunían surgían dudas, que si mejor domingo que día laboral, dónde, cuándo.....Así hasta que un día Armandina Acevedo algo alterada intervino:
- pero bueno, ¿cuándo vamos a empezar?, mucho bla, bla, bla, pero al muchacho le puede dar el jamacuco en cualquier momento.
No se hizo comentario jocoso alguno, se miraron y comprendieron que el momento había llegado. Como eran tan sólo ocho mujeres, en dos meses acabarían la primera ronda y ya irían improvisando.
El jueves a las 6 de la tarde, en casa de la susodicha se reunieron, y Dª Claudina, al igual que ellas, acudió a la clase de corte y confección que supuestamente se impartía. Ésta iba acompañada de Arcadio, que como siempre iba con su aire abstraído. Armandina, nada más llegar, lo cogió de la mano y lo entró al dormitorio, subió la radio y el resto del grupo comenzaron ajetreadas a preparar café, sacar la máquina de coser, enhebrar agujas, dibujar patrones, coger vueltos y charlar con tono algo forzado sobre la telenovela del mediodía. Dª Claudina participaba en las tareas con zozobra, cargaba con sentido de culpa, por ella todas esas decentes esposas y madres de familia estaban cometiendo pecado o al menos, para las menos creyentes, engañando a sus maridos. La radio retransmitía un partido de fútbol a todo volumen, de repente dejó de sonar y se abrió la puerta, salió Arcadio con la misma cara de alelado de siempre, tras él Armandina algo sudorosa y ante la atenta mirada de sus abnegadas compañeras soltó:
- Eah ¡¡, ¿cómo va la costura?.
miércoles, 6 de junio de 2012
Celebración y II
Desde luego que era un hombre con iniciativa, nada de titubeos. La distancia que nos separaba entre La Divina Comedia y el local de copas fue lo suficientemente larga para convertirla en un paseo casi deportivo, ninguno de los dos aminoró el paso, cuando nos sentamos no pude menos que reír algo acalorada. Él sonriendo dijo:
- Es que son unos colegas y les prometí que vendría, lo siento por la carrera.
- No, si me gusta hacer ejercicio después de comer, es muy sano.
Riendo ambos llegó le camarero y pedimos, a mi ya se me había bajado el subidón del volcán y del exceso de imaginación, así que pedí un “sex on the beach”. Él un ron.
La música comenzó inmediatamente, con lo que la conversación tuvo que esperar. Cuando acabaron él se levantó a saludarlos y aunque me miraba como para presentarme yo me hice la loca, tampoco él sabía mi nombre, ni yo el suyo.
- Bueno, y a qué te dedicas, lo mío ya lo sabes.
- Soy consultora personal.
- ¡Anda!, qué profesión tan …... poco definida, parece la típica tapadera de los espías, no serás policía o juez.
Me dió la tos y no sabía cómo disimular, jamás me habían pillado tan rápido, siempre he ido a bares lejos del juzgado y suelo vestir como cualquier trabajadora, pero no me dí por enterada.
- ¡Vaya!, y mira que pedí el cócktel suave, pero está fuertito, quieres probar. - Y tu ¿qué deporte practicas?.
- ¿Porqué lo preguntas?, - contestó vanidoso-.
- Es que ese cuerpo no es de gimnasio, tampoco de cargar cajas de botellas.
- Juego en un equipo amateur de rugby, me gusta mucho y no es un deporte de brutos.
- Siempre te adelantas a justificarte , ya sé lo de que es un deporte de villanos jugado por salvajes, o ¿no era así?.
Reímos y logré desviar un poco el tema y relajarme, pero desde luego ya lo del trabajo acabó de aguarme la fiesta.
De regreso opté por la opción, "cada uno pilla un taxi y se acabó la historia". Casualmente no pasaba ni un taxi y estaba muy cerca de casa y, así que le pregunté:
- ¿Dónde vives?.
- En las afueras, en San Gil.
Vaya, muchos de mis “clientes” son de ese barrio, al menos ya sabía que no me lo encontraría por mi zona.
- Yo vivo dos calles más atrás, así que si quieres me acompañas. (Volvía a traicionarme, parecía una invitación).
- Sí claro, mejor te acompaño, no vaya a ser que te asalten, aunque creo que el atacante saldría mal parado.
Preferí no hacer caso del comentario y seguir andando. Una vez en la puerta:
- Pues bueno, muchas gracias por la “celebración” y.... por cierto ¿cómo te llamas?
- Ah, sí perdona, Dante, Dante Alighieri. ¿Y tú?.
- Sí, claro, no nos hemos presentado, Sofía, Sofía Loren.
Entre risas, nos despedimos, estaba claro que no había sido un buen comienzo, pero siempre nos quedaría La Divina Comedia.
sábado, 19 de mayo de 2012
Celebración I (continuará)
Lo conocí en el restaurante “La Divina Comedia” donde solía comer los días que trabajaba por la tarde. Me llamó la atención el color de su piel, su mirada intensa y sus modos naturales. Tardó algo en abordarme, un día que dejé algo de comida en el plato y pedí la cuenta con prisa me dijo:
- No es bueno comer con prisa, sienta mal.
- Ya, -contesté algo cortante dejando el dinero sobre la mesa-.
Como suele pasar a veces, esta indiferencia sirvió de acicate para que continuara con sus atenciones.
- Qué tal, ¿cómo van las prisas?. - me preguntó al día siguiente-.
- Ya acabé lo que tenía el otro día, hoy no tengo tanta prisa.
Pasaron varios días sin ir por el restaurante hasta que un día fui al mediodía y él no estaba. Esa noche también fui a cenar por tener que hacer cosas urgentes en el juzgado. Con agrado comprobé que él atendía las mesas, mi alegría se transparentó y se acercó sonriente.
- ¿Horas superextras?
- Bueno, es una excepción, pero ya acabé, es que no tenía tiempo de preparar nada ….(porqué daré tantas explicaciones).
Él, con su sonrisa triunfadora, miraba entretenido y relajado, yo cada vez más colorada opté por meter la cabeza tras la carta e intentar pedir algo, él seguía a mi lado de pié con la libreta y el bolígrafo en la mano.
- ¡Vaya!, eso habrá que celebrarlo. - comentó rompiendo el hielo- Me atreveré a hacerte una recomendación: sopa de almejas y berenjenas rellenas, que sé que no eres mucho de carne.
- Pues bueno, acepto la propuesta – balbuceé totalmente azorada.
- Y una copa de vino tinto, claro.
Asentí con la cabeza y él se fue hacia la cocina tan contento. Durante la cena estuvo atareado y no me hizo caso, cené hojeando el periódico y al finalizar me animé con un postre de nombre sugerente: volcán de chocolate y especias.
Mientras degustaba el postre y apuraba la segunda copa de vino comentaba para mí: pues es verdad, esto habrá que celebrarlo, vaya con el camarero, me voy a quedar a dos velas, no ha vuelto a dirigirse a mi en toda la noche, y mira que me he tomado mi tiempo, hasta pedí postre. Vaya, ahí viene.
- Entonces, qué tal la cena, estuvo a tu gusto.- Comentaba mientras recogía los platos que se habían amontonado en mi mesa-.
- Muy buena sí, y qué tal por ahí, ¿mucho trabajo?
Con los platos en la mano me miró algo sorprendido.
- Ya ves, mucho trabajo, pero ya sólo quedan dos mesas y acabaré pronto, te tomas algo y me esperas, ya sabes …., la celebración.
- Vale, ponme un orujo y hago tiempo.
Creo que ambos estábamos igual de sorprendidos, ni me contestó, salió a toda velocidad y volvió con la bebida, al servirla rozó imperceptiblemente mi brazo. Mensaje recibido.
Tras tomar tranquilamente la bebida y pagar, aun tuve tiempo de dar otra vuelta al periódico hasta esperar a que saliera.
- Ya estoy, gracias por esperar, es que los viernes esto se pone a ….
- Bueno, hombre, no te justifiques, está muy bien que seas serio y responsable.
- Vale, vamos que conozco un sitio que ponen música en directo y podemos llegar a tiempo – comentó cogiéndome del brazo-.
(continuará)
- No es bueno comer con prisa, sienta mal.
- Ya, -contesté algo cortante dejando el dinero sobre la mesa-.
Como suele pasar a veces, esta indiferencia sirvió de acicate para que continuara con sus atenciones.
- Qué tal, ¿cómo van las prisas?. - me preguntó al día siguiente-.
- Ya acabé lo que tenía el otro día, hoy no tengo tanta prisa.
Pasaron varios días sin ir por el restaurante hasta que un día fui al mediodía y él no estaba. Esa noche también fui a cenar por tener que hacer cosas urgentes en el juzgado. Con agrado comprobé que él atendía las mesas, mi alegría se transparentó y se acercó sonriente.
- ¿Horas superextras?
- Bueno, es una excepción, pero ya acabé, es que no tenía tiempo de preparar nada ….(porqué daré tantas explicaciones).
Él, con su sonrisa triunfadora, miraba entretenido y relajado, yo cada vez más colorada opté por meter la cabeza tras la carta e intentar pedir algo, él seguía a mi lado de pié con la libreta y el bolígrafo en la mano.
- ¡Vaya!, eso habrá que celebrarlo. - comentó rompiendo el hielo- Me atreveré a hacerte una recomendación: sopa de almejas y berenjenas rellenas, que sé que no eres mucho de carne.
- Pues bueno, acepto la propuesta – balbuceé totalmente azorada.
- Y una copa de vino tinto, claro.
Asentí con la cabeza y él se fue hacia la cocina tan contento. Durante la cena estuvo atareado y no me hizo caso, cené hojeando el periódico y al finalizar me animé con un postre de nombre sugerente: volcán de chocolate y especias.
Mientras degustaba el postre y apuraba la segunda copa de vino comentaba para mí: pues es verdad, esto habrá que celebrarlo, vaya con el camarero, me voy a quedar a dos velas, no ha vuelto a dirigirse a mi en toda la noche, y mira que me he tomado mi tiempo, hasta pedí postre. Vaya, ahí viene.
- Entonces, qué tal la cena, estuvo a tu gusto.- Comentaba mientras recogía los platos que se habían amontonado en mi mesa-.
- Muy buena sí, y qué tal por ahí, ¿mucho trabajo?
Con los platos en la mano me miró algo sorprendido.
- Ya ves, mucho trabajo, pero ya sólo quedan dos mesas y acabaré pronto, te tomas algo y me esperas, ya sabes …., la celebración.
- Vale, ponme un orujo y hago tiempo.
Creo que ambos estábamos igual de sorprendidos, ni me contestó, salió a toda velocidad y volvió con la bebida, al servirla rozó imperceptiblemente mi brazo. Mensaje recibido.
Tras tomar tranquilamente la bebida y pagar, aun tuve tiempo de dar otra vuelta al periódico hasta esperar a que saliera.
- Ya estoy, gracias por esperar, es que los viernes esto se pone a ….
- Bueno, hombre, no te justifiques, está muy bien que seas serio y responsable.
- Vale, vamos que conozco un sitio que ponen música en directo y podemos llegar a tiempo – comentó cogiéndome del brazo-.
(continuará)
sábado, 28 de enero de 2012
Viajando (y II)
- Pues responder, no creo que sea el lobo.
Bajaron un poco el cristal y Leo asomó unos dedos diciendo:
- Buenas noches, ¿qué desea? - la contestación le resultó ridícula dada la situación climatológica -.
- Necesito refugiarme - dijo una voz que salía del interior de un impermeable amarillo que chorreaba -
- Ana, que este dice que quiere entrar, ¿qué hacemos?.
- No sé, ¿qué pinta tiene?.
- Pues mira tu, no se le ve nada, parece guiri.
Ana se asomó un poco y cerrando de nuevo dijo.
- Podemos dejarlo pasar, así nos entretenemos un poco.
Leo la miró con cara de asombro y se asomó de nuevo, ¿qué problema tiene?,- le preguntó al extraño-.
- ¿espikinglish?. -pregunto el guiri-.
- Oh yes! – contestó Ana desde dentro, -abriendo la puerta para que pasara-.
- Muchas gracias, es que estoy empapado y no encuentro dónde refugiarme para pasar la noche (le contestó en un inglés con fuerte acento).
Se quitó la gabardina, sacudiéndola fuera del furgón entró y se acomodó a un lado, traía una mochila y las botas embarradas. Se presentó
- Hola, me llamo Konrad, gracias por permitirme entrar.
- Yo me llamo Ana y ella es Leo, ¿juegas a las cartas?.
Konrad, no contestó, empezó a buscar dentro del bolsillo de la mochila bajo la atenta mirada de ambas, por fin sacó un frontal, se lo colocó y dijo:
- De acuerdo, ¿cómo es el juego?.
Ana se deshizo en explicaciones ante la mirada atónita de su amiga, nunca la había visto hablar con tanta soltura en inglés. Jugaron durante mucho rato, el extranjero era listo y aprendía rápido.
- Despierta Ana. Que el guiri se ha ido.
- Ehh, déjame dormir, ¿qué pasa?.
- Konrad, que no está, despierta que igual nos ha robado.
- Pero qué tontería dices, - Ana se incorporó sobresaltada-.
La velada fue larga, acabaron compartiendo unas galletas, que era lo único que tenían en ese momento. No paró de llover en toda la noche, así que tuvieron que acomodarse los tres de cualquier manera para dormir.
- Si ya te decía yo que no fue buena idea dejarlo entrar, -decía Leo mientras rebuscaba por la furgoneta.
- ¡Oye!, que tú no protestaste y bien que te reíste jugando los tres, anda no me digas que no es guapo el alemanito.
En ese momento, oyeron como tocaban en la puerta trasera, se miraron extrañadas.
- ¿Quién puede ser, qué hora es? -preguntó Leo-.
- no sé, no encuentro el reloj, abre ya.
- Por favor, abran que me estoy quemando – comentó desde fuera Konrad -
Leo abrió y se encontraron al extranjero con un cartucho en una mano y tres vasos de plástico en la otra.
- Traigo chocolate y “chugosss” para el desayuno.
Ana y Leo rompieron a reír mirándose.
- Pero, ¿qué pasa?, dijo el guiri.
- ¡Anda entra!, que vas a aprender a pronunciar "churro" como es debido.
Bajaron un poco el cristal y Leo asomó unos dedos diciendo:
- Buenas noches, ¿qué desea? - la contestación le resultó ridícula dada la situación climatológica -.
- Necesito refugiarme - dijo una voz que salía del interior de un impermeable amarillo que chorreaba -
- Ana, que este dice que quiere entrar, ¿qué hacemos?.
- No sé, ¿qué pinta tiene?.
- Pues mira tu, no se le ve nada, parece guiri.
Ana se asomó un poco y cerrando de nuevo dijo.
- Podemos dejarlo pasar, así nos entretenemos un poco.
Leo la miró con cara de asombro y se asomó de nuevo, ¿qué problema tiene?,- le preguntó al extraño-.
- ¿espikinglish?. -pregunto el guiri-.
- Oh yes! – contestó Ana desde dentro, -abriendo la puerta para que pasara-.
- Muchas gracias, es que estoy empapado y no encuentro dónde refugiarme para pasar la noche (le contestó en un inglés con fuerte acento).
Se quitó la gabardina, sacudiéndola fuera del furgón entró y se acomodó a un lado, traía una mochila y las botas embarradas. Se presentó
- Hola, me llamo Konrad, gracias por permitirme entrar.
- Yo me llamo Ana y ella es Leo, ¿juegas a las cartas?.
Konrad, no contestó, empezó a buscar dentro del bolsillo de la mochila bajo la atenta mirada de ambas, por fin sacó un frontal, se lo colocó y dijo:
- De acuerdo, ¿cómo es el juego?.
Ana se deshizo en explicaciones ante la mirada atónita de su amiga, nunca la había visto hablar con tanta soltura en inglés. Jugaron durante mucho rato, el extranjero era listo y aprendía rápido.
- Despierta Ana. Que el guiri se ha ido.
- Ehh, déjame dormir, ¿qué pasa?.
- Konrad, que no está, despierta que igual nos ha robado.
- Pero qué tontería dices, - Ana se incorporó sobresaltada-.
La velada fue larga, acabaron compartiendo unas galletas, que era lo único que tenían en ese momento. No paró de llover en toda la noche, así que tuvieron que acomodarse los tres de cualquier manera para dormir.
- Si ya te decía yo que no fue buena idea dejarlo entrar, -decía Leo mientras rebuscaba por la furgoneta.
- ¡Oye!, que tú no protestaste y bien que te reíste jugando los tres, anda no me digas que no es guapo el alemanito.
En ese momento, oyeron como tocaban en la puerta trasera, se miraron extrañadas.
- ¿Quién puede ser, qué hora es? -preguntó Leo-.
- no sé, no encuentro el reloj, abre ya.
- Por favor, abran que me estoy quemando – comentó desde fuera Konrad -
Leo abrió y se encontraron al extranjero con un cartucho en una mano y tres vasos de plástico en la otra.
- Traigo chocolate y “chugosss” para el desayuno.
Ana y Leo rompieron a reír mirándose.
- Pero, ¿qué pasa?, dijo el guiri.
- ¡Anda entra!, que vas a aprender a pronunciar "churro" como es debido.
miércoles, 11 de enero de 2012
viajando (I)
- Pero vamos, súbete de una vez al coche que nos vamos.
- Ya vooooy, que se me quedan las gafas.
- Gafas, gafas ¡¡¡, para qué las quieres si se va a hacer de noche...
- Pero qué refunfuñona si son las 10 de la mañana, exageradaaaa.
Por fin arrancaron, atrás quedaban largos días de preparativos del viaje de sus vidas, poco más dejaban atrás, ambas sin trabajo y colgado en el corazón el cartel de “libre”, planearon una escapadita en furgoneta para recorrer la parte del país que no conocían, es decir … todo.
Al rato Leo se relajó, le dedicó una sonrisa a Ana y empujó el cd dentro de la ranura, a los primeros acordes Ana identificó el tema.
- ¡Anda!, has preparado una selección para el viaje, ¡qué ilusión!, de esas canciones para ir cantando con la melena al viento en el descapotable.
- Efectivamente, pero habrá que sacar la cabeza por la ventanilla de la furgoneta.
- Volaaaare oh oh .... ¡qué retro!, ¿toda es así? -dijo riéndose-
14 vueltas al cd después y bajo una tormenta de campeonato jugaban al cinquillo a la espera de que amainara para salir a dar una vuelta por el pueblo.
- Oye y ¿ dónde dices qué estamos ? - preguntó Ana mientras enfocaba con el frontal a las cartas -.
- En “matalascabrillasdearriba”.
- Pues vaya un nombre raro, debe ser en León o por ahí que le ponen esos nombres a los pueblos.
- No tengo ni idea del nombre del pueblo, Ana, llovía mucho cuando entramos y no leí el cartel. Me extrañaría que estuviéramos allá arriba, porque salimos de Murcia y tiramos para el sur.
- Vale, vale, ya sabes que lo mío no es la geografía.
- Ya, ni la geografía, ni la cocina, ni limpiar, ni jugar a las cartas. ¡Venga!, concéntrate y juega.
En ese momento alguien tocó en la ventana y dijo en un castellano desastroso:
- buenas noches, ¿hay alguien?.
Leo dió un salto del susto y ambas se miraron asustadas.
- ¿Qué hacemos? -pregunto Ana, hablando bajito-.
(continuará)
- Ya vooooy, que se me quedan las gafas.
- Gafas, gafas ¡¡¡, para qué las quieres si se va a hacer de noche...
- Pero qué refunfuñona si son las 10 de la mañana, exageradaaaa.
Por fin arrancaron, atrás quedaban largos días de preparativos del viaje de sus vidas, poco más dejaban atrás, ambas sin trabajo y colgado en el corazón el cartel de “libre”, planearon una escapadita en furgoneta para recorrer la parte del país que no conocían, es decir … todo.
Al rato Leo se relajó, le dedicó una sonrisa a Ana y empujó el cd dentro de la ranura, a los primeros acordes Ana identificó el tema.
- ¡Anda!, has preparado una selección para el viaje, ¡qué ilusión!, de esas canciones para ir cantando con la melena al viento en el descapotable.
- Efectivamente, pero habrá que sacar la cabeza por la ventanilla de la furgoneta.
- Volaaaare oh oh .... ¡qué retro!, ¿toda es así? -dijo riéndose-
14 vueltas al cd después y bajo una tormenta de campeonato jugaban al cinquillo a la espera de que amainara para salir a dar una vuelta por el pueblo.
- Oye y ¿ dónde dices qué estamos ? - preguntó Ana mientras enfocaba con el frontal a las cartas -.
- En “matalascabrillasdearriba”.
- Pues vaya un nombre raro, debe ser en León o por ahí que le ponen esos nombres a los pueblos.
- No tengo ni idea del nombre del pueblo, Ana, llovía mucho cuando entramos y no leí el cartel. Me extrañaría que estuviéramos allá arriba, porque salimos de Murcia y tiramos para el sur.
- Vale, vale, ya sabes que lo mío no es la geografía.
- Ya, ni la geografía, ni la cocina, ni limpiar, ni jugar a las cartas. ¡Venga!, concéntrate y juega.
En ese momento alguien tocó en la ventana y dijo en un castellano desastroso:
- buenas noches, ¿hay alguien?.
Leo dió un salto del susto y ambas se miraron asustadas.
- ¿Qué hacemos? -pregunto Ana, hablando bajito-.
(continuará)
domingo, 16 de octubre de 2011
El erasmus liga ....
El “Erasmus” andaba aterido por la gélida calle del país escandinavo, con las manos metidas en los bolsillos del vaquero intentaba mantener el equilibrio sobre la acera escarchada. Tan sólo eran las cinco de la tarde y ya hacía rato que se habían encendido las farolas, andaba pensando, además de en no caerse, en su primera cita con una chica del país, por fin iba a practicar el idioma nativo aderezado con palabras de ese espanglish que tanto le gustaba a ellas. Desoyendo las recomendaciones paternas calzaba sus desgastadas zapatillas “olestar” que tanto molaban. Justo en la curva de la calle a pocos metros del pub donde había quedado, se le cruzó una dulce viejecilla que, sonriente, le miró a la cara, él le contestó el gesto sin percatarse de la correa que pendía de su mano y tras la cual asomaba uno de esos perritos que llevan las dulces viejecillas, éste se le atravesó enroscándose en la pierna derecha, para no aplastarlo con su pié libre retardó brevemente la pisada mientras la pierna atrapada se deslizaba por la acera helada desequilibrando todo su cuerpo. Antes de que pudiera sacar uno de sus miembros superiores para sujetarse a algo, el aterido “Erasmus” dio con su cuerpo cuan largo era sobre el encharcado-fangoso y frío suelo. Tardó unos valiosos segundos en lograr zafarse de la sonriente viejecilla y su perro, tras los cuales logró levantarse y partir raudo y empapado a su encuentro. Ya su walkiria de rubias trenzas se había apostado en la barra tras una impresionante cerveza helada, nuestro Erasmus la saludó y se disculpó por su húmedo aspecto, mientras observaba con pavor la impresionante jarra de medio litro que le acababan de servir.
Por fin un día salió el sol y nuestro héroe transeuropeo logró que se secaran sus “olestar” molonas y recuperar su “look” tan “cool“, sin el cual no se sentían nada seguro, aunque le costara algún que otro resfriado.
Por fin un día salió el sol y nuestro héroe transeuropeo logró que se secaran sus “olestar” molonas y recuperar su “look” tan “cool“, sin el cual no se sentían nada seguro, aunque le costara algún que otro resfriado.
sábado, 20 de agosto de 2011
El baile (publicado en Diario de Avisos el 15/07/11)
Encerró la última cabra en el corral, se desvistió y se lavó en la palangana con el jabón que había comprado esa mañana. Se vistió a toda prisa, el pantalón olía a naftalina y la camisa le quedaba estrecha, el chaleco disimulaba el botón a punto de reventar. Guardó en una talega los zapatos y se echó a andar sendero abajo, por fin, sudoroso llegó a las afueras del pueblo, se quitó las alpargatas y las guardó entre los matorrales. A paso tranquilo y notando la presión de los zapatos llegó a la plaza, la orquesta comenzaba a tocar.
sábado, 28 de mayo de 2011
Acompañados
Pedro lo había sido todo y lo había tenido todo, ahora sus pertenencias cabían en el carro del súper que empujaba calle arriba rumbo a la plaza donde solía pasar la noche. Pues sí, casas, coches, barcos, sexo, poder y drogas, muchas drogas. Ahora mismo se conformaba con el vino de tetra brick que compraba en cuanto pillaba unas perras. Doblando la esquina vio a un gran grupo de gente que se sentaban en ese momento, bueno, no era la primera vez que algún grupo de protestones compartían durante unas horas su plaza. Los fue esquivando hasta llegar al lugar dónde extendía sus cartones y preparaba la cama, algunos le miraban con sonrisa culpable.
- ¡Machangos! Pensó para sí.
Cuando se le acabó el vino y le llegó el sopor del sueño seguían allí, sacaron un megáfono. Pedro cerró los ojos y los volvió a abrir de madrugada, aun estaban allí, el grupo se acurrucaba apretándose unos con los otros, tenían sacos y algunas mantas. Volvió a cerrar los ojos despreocupado, - ya se largarán.
Tres días después todavía seguían en su plaza, tenían tiendas, cocina, altavoces, micros, mantas e incluso una guardería. A Pedro se la sudaba todo eso que ponían en sus carteles, democracia, trabajo, libertad....Para él lo único importante era poder dormir de un tirón mecido por los efluvios del alcohol, el resto del día sólo esperaba a que llegara ese momento, dormir, olvidar, no pensar.
Una semana después no sólo seguían allí sino que eran muchos más, de todos los colores, edades, sexos y pelambreras. Varias veces habían ido a hablar con él, Pedro se hacía el yonqui transtornado y lo dejaban tranquilo. Pero había un chico que especialmente le irritaba, estaba empeñado en darle de comer, en dejarle cartones más nuevos y mullidos, en cambiarle sus mantas por otras nuevas, toda una serie de amabilidades que Pedro despreciaba y además le molestaban, él no quería nada de eso, sólo quería que lo dejaran tranquilo que se fueran de una maldita vez a dormir a sus camitas calientes de “niños de papá”.
El día que la policía entró a desalojar la plaza todos recibieron. Habían acordado no moverse y permanecer sentados pacíficamente. Mientras lo arrastraban por el suelo, Juan se fijó en el bulto que seguía inmóvil en el soportal de la tienda, esa mañana no se había levantado, era extraño, siempre recogía sus trastos tempranito y se iba. Juan intentó decirle algo a uno de los policías que lo arrastraba, éste interpretó que se resistía y le dio un par de porrazos más. Juan prefirió callar, como casi siempre.
- ¡Machangos! Pensó para sí.
Cuando se le acabó el vino y le llegó el sopor del sueño seguían allí, sacaron un megáfono. Pedro cerró los ojos y los volvió a abrir de madrugada, aun estaban allí, el grupo se acurrucaba apretándose unos con los otros, tenían sacos y algunas mantas. Volvió a cerrar los ojos despreocupado, - ya se largarán.
Tres días después todavía seguían en su plaza, tenían tiendas, cocina, altavoces, micros, mantas e incluso una guardería. A Pedro se la sudaba todo eso que ponían en sus carteles, democracia, trabajo, libertad....Para él lo único importante era poder dormir de un tirón mecido por los efluvios del alcohol, el resto del día sólo esperaba a que llegara ese momento, dormir, olvidar, no pensar.
Una semana después no sólo seguían allí sino que eran muchos más, de todos los colores, edades, sexos y pelambreras. Varias veces habían ido a hablar con él, Pedro se hacía el yonqui transtornado y lo dejaban tranquilo. Pero había un chico que especialmente le irritaba, estaba empeñado en darle de comer, en dejarle cartones más nuevos y mullidos, en cambiarle sus mantas por otras nuevas, toda una serie de amabilidades que Pedro despreciaba y además le molestaban, él no quería nada de eso, sólo quería que lo dejaran tranquilo que se fueran de una maldita vez a dormir a sus camitas calientes de “niños de papá”.
El día que la policía entró a desalojar la plaza todos recibieron. Habían acordado no moverse y permanecer sentados pacíficamente. Mientras lo arrastraban por el suelo, Juan se fijó en el bulto que seguía inmóvil en el soportal de la tienda, esa mañana no se había levantado, era extraño, siempre recogía sus trastos tempranito y se iba. Juan intentó decirle algo a uno de los policías que lo arrastraba, éste interpretó que se resistía y le dio un par de porrazos más. Juan prefirió callar, como casi siempre.
sábado, 9 de abril de 2011
La semana santa
Un ejercito de nazarenos me persigue, ¿estaré soñando de nuevo?. Tropiezo con un pilón, para ser un sueño el dolor de la rodilla ha sido muy real. Nunca me gustaron las procesiones, aunque sé que debajo de las capuchas hay gente normal como yo, que compran en el supermercado y madrugan para trabajar, incluso ahora hay mujeres. Logro darles esquinazo y entro a un bar. La barra está abarrotada, quizás si tomo algo me tranquilizo. ¡Oh no! hay uno de ellos comiendo, y a su lado están los costaleros, se les distingue por la ropa empapada de sudor. Salgo de nuevo, la calle se cierra de gente porque viene otra cofradía, cambio a otra, la muchedumbre viene hacia mí, entiendo que acaba de pasar por otro lado y ellos corren a su encuentro en otra calle. Esto es una locura, nunca llegaré al hotel. Noto el corazón muy rápido, estoy a punto de desmayarme.
- Hola, hola,.... ¿estás bien?
- Eh, eh... ¿dónde estoy? ¿Qué pasa?
- Pues no sé, creo que te desmayaste.
Una mujer de ojos negros y pelo oscuro con fuerte acento andaluz me levanta la cabeza apoyándola en su regazo. Puedo oler su cuerpo y percibir su calor. Noto la cara ardiendo, me la toco.
- Perdona, he tenido que darte unos cachetones para reanimarte, igual me pasé.
Lo dice con tanta gracia que la perdono. Me siento cómodo en sus brazos.
- Deberías comer algo, para que te reanime, vamos a ese bar.
- Espera, espera ….deja que me recupere un poco más. - Qué ojos tan bonitos tiene, ¡tremenda hembra!-.
Al rato ya no puedo fingir más y a ella le duelen las piernas de estar en cuclillas, así que me levanto despacito y apoyándome en ella, bueno más que eso me cuelgo de ella porque es muy alta y por suerte muy fuerte.
- ¡ Ale ! - me dice con alegría- ¿qué quieres tomar, mi “arma”?.
- Lo mismo que tú, pero la barra está a tope....
- No te preocupes que aquí me conocen. Martiiiín, dos cañas y algo de entullo.....
- ! Marchando ¡. - se escucha de detrás de la barra -.
Antes de que pudiera preguntarle su nombre ya nos estaban sirviendo.
- Aquí tienes, Carmen, las dos cañitas y un plato de boquerones.
- Gracias cielo, lo apuntas a la cuenta la cofradía y pásame el capirote que me voy en cuanto este angelito reviva.
- Hola, hola,.... ¿estás bien?
- Eh, eh... ¿dónde estoy? ¿Qué pasa?
- Pues no sé, creo que te desmayaste.
Una mujer de ojos negros y pelo oscuro con fuerte acento andaluz me levanta la cabeza apoyándola en su regazo. Puedo oler su cuerpo y percibir su calor. Noto la cara ardiendo, me la toco.
- Perdona, he tenido que darte unos cachetones para reanimarte, igual me pasé.
Lo dice con tanta gracia que la perdono. Me siento cómodo en sus brazos.
- Deberías comer algo, para que te reanime, vamos a ese bar.
- Espera, espera ….deja que me recupere un poco más. - Qué ojos tan bonitos tiene, ¡tremenda hembra!-.
Al rato ya no puedo fingir más y a ella le duelen las piernas de estar en cuclillas, así que me levanto despacito y apoyándome en ella, bueno más que eso me cuelgo de ella porque es muy alta y por suerte muy fuerte.
- ¡ Ale ! - me dice con alegría- ¿qué quieres tomar, mi “arma”?.
- Lo mismo que tú, pero la barra está a tope....
- No te preocupes que aquí me conocen. Martiiiín, dos cañas y algo de entullo.....
- ! Marchando ¡. - se escucha de detrás de la barra -.
Antes de que pudiera preguntarle su nombre ya nos estaban sirviendo.
- Aquí tienes, Carmen, las dos cañitas y un plato de boquerones.
- Gracias cielo, lo apuntas a la cuenta la cofradía y pásame el capirote que me voy en cuanto este angelito reviva.
sábado, 12 de marzo de 2011
El Hamman
Entro en aquella sala de cálida húmedad, me siento sobre el templado mármol y me relajo. De la nebulosa de mi memoria van saliendo imágenes sueltas de mi pasado inmediato.
Un antro en Estambul, con luces rojas y mujeres exuberantes bailando al ritmo de una música
trepidante, la policía que entra. Una comisaría mugrienta y los bruscos policías turcos.
trepidante, la policía que entra. Una comisaría mugrienta y los bruscos policías turcos.
Me extiendo sobre la losa tibia. Le entrego el negro jabón al masajista y comienza a restregarme con rudeza enjabonándome todo el cuerpo, a pesar del dolor sigo ensimismado en mis recuerdos.
El juicio absurdo y la cárcel. Sobrevivir en aquellas condiciones me parecía imposible, pero lo logré. Mi compañero de celda sólo hablaba turco y me tenía miedo, miedo físico, eso fue lo que me salvó. Tras las primeras peleas, a pesar de salir mal parado, todos comenzaron a respetarme, me sobreponía y seguía enfrentándome a ellos. Al menos en la enfermería descansaba de la tensión y de sus puñetazos.
Paso a otra sala con más calor, me quito el jabón a cubos con agua muy caliente. De nuevo me tiendo a sudar. Mi cuerpo está molido y con cicatrices aun visibles. Mi alma comienza a ver la luz.
La segunda semana consigo que me visite mi abogado, me lo pinta feo, no tengo una buena coartada y ahora ya no es tan fácil sobornar a la autoridades.
Le cuento de nuevo lo ocurrido: yo estaba tranquilamente bebiendo un té en aquel tugurio, cuando aquel hombre se lió a puñetazos con la chica que bailaba, yo simplemente le sujeté el brazo y le dije que la dejara. Salimos a la calle y tras unas palabras se fue muy enfadado. Entré de nuevo al bar y, a la hora, vino la policía diciendo que me detenían por haber acuchillado a un tipo.
Le cuento de nuevo lo ocurrido: yo estaba tranquilamente bebiendo un té en aquel tugurio, cuando aquel hombre se lió a puñetazos con la chica que bailaba, yo simplemente le sujeté el brazo y le dije que la dejara. Salimos a la calle y tras unas palabras se fue muy enfadado. Entré de nuevo al bar y, a la hora, vino la policía diciendo que me detenían por haber acuchillado a un tipo.
En la misma sala me dan un masaje con aceites perfumados, ahora logro perderme y no pensar en nada. Bajo el agua fría vuelvo a recordar la cárcel. Allí el agua siempre era helada y no siempre la usaban para lavarnos.
Vuelvo a recostarme en la sala siguiente, hace mucho calor, noto como el sudor sale por mis poros, noto que con él voy purificándome y sintiéndome como el que se desprende de una pesada losa.
Vuelvo a recostarme en la sala siguiente, hace mucho calor, noto como el sudor sale por mis poros, noto que con él voy purificándome y sintiéndome como el que se desprende de una pesada losa.
Me veo en el patio de la prisión bajo el ardiente sol, camino de un lado a otro para ejercitar mis músculos, el grupo del violento “zevir”, el jefe de los reos, me increpa sin entender lo que me dicen, no creo que sea nada agradable. La última vez que coincidimos me echaron del banco donde estaba sentado y al enfrentarme me agarraron entre varios dándome una buena paliza. Tres días en la enfermería. Les mantengo la mirada pero sigo a lo mío, quizás algún día se cansen. Aparece un nuevo preso en el patio, es rubio y muy delgado. Hablan entre ellos y le abordan, éste hace ademán de no entender, le dan un azote en el culo y se ríen. Creo que durante unos días tendrán juguete nuevo.
El agua fría vuelve a caer por mi cuerpo, acaba de arrastrar todas mis inmundicias, me siento mejor. Con una toalla me restriega un fornido masajista, mi piel enrojece. Recibo un último masaje y pienso en aquella chica que bailaba voluptuosamente la última vez que la vi.
Mi abogado me recoge en la puerta de la cárcel y me da la enhorabuena. Tras preguntarme dónde quiero ir me deja en mi hotel, al fin libre.
sábado, 29 de enero de 2011
Obama y la expendedora de condones. (2ª parte y final)
No hablaban, sólo se estrujaban con las manos y la boca, él metió la pierna entre los asientos y se pasó atrás con agilidad tirando de su brazo, ella cayó sobre él y se quitó los zapatos.
- ¡Maldición! – pensó ella, tenía que haberme puesto vestido, pero claro y yo qué me iba a imaginar, si ni siquiera me gustaba.
Cuando María tenía los pantalones por los tobillos y él la bragueta abierta, ella se detuvo en seco.
- ¡El condón, póntelo!.
Pedro no usaba, su mujer estaba ligada y nunca practicaba sexo fuera de su matrimonio, ella tampoco, al menos hasta ahora y su marido también estaba “ligado”.
Pedro no respondió, hizo un gesto de “no pasa nada” y siguió.
- No, no, no me la juego, en el pub hay una máquina, vete y saca uno.
- ¿Una máquina? - él no entendía.
- Sí de esas que están en los baños.
- Yo no la vi.
- Sí, estaba por fuera.
- Pues vamos los dos, no te vas a quedar aquí sola.
Con pocas ganas se vistieron, Pedro cogió la llave, cerró y salieron. María notó que le temblaban las rodillas, no sabía si de excitación o de arrepentimiento, lo miró por detrás, la verdad es que reconocía que era atractivo a pesar de sus 53 años.
Entraron y fueron a los lavabos, él la arrinconó contra la pared y la besó como adivinando sus dudas, era mejor no hablar.
- Funciona con un euro y yo no tengo cambio.
- Pues yo tampoco, dijo Pedro tocándose los bolsillos.
- Vaya, qué fastidio – dijo ella dándose por vencida.
- Bueno, cambiaremos.
Pedro se acercó a la barra y le hizo una señal al muchacho del otro lado, éste se meneaba con la música y no se enteraba. Pedro insistió un rato, algo nerviosos.
- Me cambias para la máquina, por favor.
- No hay máquina de tabaco, señor.
La palabra “señor” le taladró el cerebro y le bajó el ánimo de golpe.
- No es para cigarros, es para los condones.
- A, sí, sí, claro.
Pedro llegó con las monedas, María ya no sabía cómo ponerse para que nadie la viera, sentía una mezcla de emoción juvenil, clandestinidad y patetismo.
Pincharon el euro y le dieron cada uno a un botón distinto: el de activación y el de devolución. Se oyó un chasquido y la caída de la moneda. Los leds rojos se apagaron pero no salió nada. Pedro golpeó con la mano, el dispensador aguantó la envestida sin inmutarse y a María le dio la risa floja. Pedró dejó caer los brazos desanimado y dijo:
- Anda, vámonos, te llevo a casa.
- ¡Maldición! – pensó ella, tenía que haberme puesto vestido, pero claro y yo qué me iba a imaginar, si ni siquiera me gustaba.
Cuando María tenía los pantalones por los tobillos y él la bragueta abierta, ella se detuvo en seco.
- ¡El condón, póntelo!.
Pedro no usaba, su mujer estaba ligada y nunca practicaba sexo fuera de su matrimonio, ella tampoco, al menos hasta ahora y su marido también estaba “ligado”.
Pedro no respondió, hizo un gesto de “no pasa nada” y siguió.
- No, no, no me la juego, en el pub hay una máquina, vete y saca uno.
- ¿Una máquina? - él no entendía.
- Sí de esas que están en los baños.
- Yo no la vi.
- Sí, estaba por fuera.
- Pues vamos los dos, no te vas a quedar aquí sola.
Con pocas ganas se vistieron, Pedro cogió la llave, cerró y salieron. María notó que le temblaban las rodillas, no sabía si de excitación o de arrepentimiento, lo miró por detrás, la verdad es que reconocía que era atractivo a pesar de sus 53 años.
Entraron y fueron a los lavabos, él la arrinconó contra la pared y la besó como adivinando sus dudas, era mejor no hablar.
- Funciona con un euro y yo no tengo cambio.
- Pues yo tampoco, dijo Pedro tocándose los bolsillos.
- Vaya, qué fastidio – dijo ella dándose por vencida.
- Bueno, cambiaremos.
Pedro se acercó a la barra y le hizo una señal al muchacho del otro lado, éste se meneaba con la música y no se enteraba. Pedro insistió un rato, algo nerviosos.
- Me cambias para la máquina, por favor.
- No hay máquina de tabaco, señor.
La palabra “señor” le taladró el cerebro y le bajó el ánimo de golpe.
- No es para cigarros, es para los condones.
- A, sí, sí, claro.
Pedro llegó con las monedas, María ya no sabía cómo ponerse para que nadie la viera, sentía una mezcla de emoción juvenil, clandestinidad y patetismo.
Pincharon el euro y le dieron cada uno a un botón distinto: el de activación y el de devolución. Se oyó un chasquido y la caída de la moneda. Los leds rojos se apagaron pero no salió nada. Pedro golpeó con la mano, el dispensador aguantó la envestida sin inmutarse y a María le dio la risa floja. Pedró dejó caer los brazos desanimado y dijo:
- Anda, vámonos, te llevo a casa.
viernes, 21 de enero de 2011
Obama y la expendedora de condones (parte 1ª)
Pedro movía la cañita dentro de su mojito con aire ensimismado, aun no era la hora pero ya tenía hambre, ya que pagaba él pensaba darse un homenaje de marisco en el mejor restaurante de la zona. María llegó puntual, en el trabajo también lo era.
- ¡Mira que perder la apuesta! - pensó Pedro.
La verdad es que era increíble que un negro ocupara la Casa Blanca, para él estaba tan claro que fue capaz de apostarse una cena, y ahí estaba a punto de cumplir la apuesta. ¡Oye, vaya con María! (pensó), que guapa se ha puesto, en el trabajo con el uniforme no parece tan sexy. Ella se había sentado a su lado en la barra con aire triunfador.
- Quieres tomar algo – preguntó él.
- No, prefiero reservarme para la cena, además se nota que tienes hambre.
Una vez en el restaurante hablaron de todo menos de trabajo, ella no se regodeó mucho con su victoria, simplemente comía con deleite, chupada sin ningún pudor las cabezas del marisco y mordía justo por la mitad las cigalas después de pelarlas con las manos. La cena transcurrió en un ambiente distendido como dos compañeros de trabajo bien avenidos que eran, se conocían desde hacía ya 20 años. A mitad de la comida, Pedro le rozó la rodilla por debajo de la mesa al extender su servilleta.
- Perdona, no sabía que estabas ahí.
A María le dio la risa floja, igual que le solía pasar en el trabajo cuando un cliente daba un traspié al salir de la farmacia, porque no detectaban el rebaje que había en el suelo. Pedro se fijó en los oyitos que se le marcaban a ambos lados de la boca, también, desde la segunda copa de vino se había detenido a mirar con agrado los pechos de su compañera, especialmente frondosos esa noche.
La botella de Somontano se hizo poca y Pedro pidió una segunda.
- Pero no decías que no bebías - le comentó a ella.
- Nunca cuando estoy de servicio, claro.
Era curioso que a ambos les gustara el tinto, incluso con el marisco. Al coger las copas, sus dedos se tocaron suavemente y a ella le subió un escalofrío por la nuca.
- ¡Vaya!, pensó para sí, debe ser el marisco, me estoy excitando.
Pedro pagó y la esperó mientras ella iba al baño.
- Bueno, ¿cómo viniste?, ¿te llevo a casa? - preguntó él.
- Vine en taxi, pero no te molestes, te pilla muy lejos.
Caminaron las dos calles que les separaban de su coche hablando de las cualidades de la cena, hacía una noche estupenda y las calles estaban animadas. Él propuso tomarse algo en un local justo donde estaba el coche, a ella no le pareció mala idea.
En el coche forcejearon un poco con la palanca de cambio para acomodar sus cuerpos, saltaban chispas entre sus dedos, Pedro se había vuelto hacia ella y ella se apoyó en sus rodillas para llegar mejor a su boca. No entendían qué pasaba, se dejaban llevar por un impulso químico que le daba órdenes a sus cuerpos.
No hablaban, sólo se estrujaban con las manos y la boca, él metió la pierna entre los asientos y se pasó atrás con agilidad tirando de su brazo, ella cayó sobre él y se quitó los zapatos.
Continuará ......
- ¡Mira que perder la apuesta! - pensó Pedro.
La verdad es que era increíble que un negro ocupara la Casa Blanca, para él estaba tan claro que fue capaz de apostarse una cena, y ahí estaba a punto de cumplir la apuesta. ¡Oye, vaya con María! (pensó), que guapa se ha puesto, en el trabajo con el uniforme no parece tan sexy. Ella se había sentado a su lado en la barra con aire triunfador.
- Quieres tomar algo – preguntó él.
- No, prefiero reservarme para la cena, además se nota que tienes hambre.
Una vez en el restaurante hablaron de todo menos de trabajo, ella no se regodeó mucho con su victoria, simplemente comía con deleite, chupada sin ningún pudor las cabezas del marisco y mordía justo por la mitad las cigalas después de pelarlas con las manos. La cena transcurrió en un ambiente distendido como dos compañeros de trabajo bien avenidos que eran, se conocían desde hacía ya 20 años. A mitad de la comida, Pedro le rozó la rodilla por debajo de la mesa al extender su servilleta.
- Perdona, no sabía que estabas ahí.
A María le dio la risa floja, igual que le solía pasar en el trabajo cuando un cliente daba un traspié al salir de la farmacia, porque no detectaban el rebaje que había en el suelo. Pedro se fijó en los oyitos que se le marcaban a ambos lados de la boca, también, desde la segunda copa de vino se había detenido a mirar con agrado los pechos de su compañera, especialmente frondosos esa noche.
La botella de Somontano se hizo poca y Pedro pidió una segunda.
- Pero no decías que no bebías - le comentó a ella.
- Nunca cuando estoy de servicio, claro.
Era curioso que a ambos les gustara el tinto, incluso con el marisco. Al coger las copas, sus dedos se tocaron suavemente y a ella le subió un escalofrío por la nuca.
- ¡Vaya!, pensó para sí, debe ser el marisco, me estoy excitando.
Pedro pagó y la esperó mientras ella iba al baño.
- Bueno, ¿cómo viniste?, ¿te llevo a casa? - preguntó él.
- Vine en taxi, pero no te molestes, te pilla muy lejos.
Caminaron las dos calles que les separaban de su coche hablando de las cualidades de la cena, hacía una noche estupenda y las calles estaban animadas. Él propuso tomarse algo en un local justo donde estaba el coche, a ella no le pareció mala idea.
En el coche forcejearon un poco con la palanca de cambio para acomodar sus cuerpos, saltaban chispas entre sus dedos, Pedro se había vuelto hacia ella y ella se apoyó en sus rodillas para llegar mejor a su boca. No entendían qué pasaba, se dejaban llevar por un impulso químico que le daba órdenes a sus cuerpos.
No hablaban, sólo se estrujaban con las manos y la boca, él metió la pierna entre los asientos y se pasó atrás con agilidad tirando de su brazo, ella cayó sobre él y se quitó los zapatos.
Continuará ......
jueves, 30 de diciembre de 2010
La primera vez (cuento de navidad)
Mario, estaba nervioso, era su primera vez. Se duchó, se perfumó y se afeitó cuidadosamente. Salió a la calle, aun era temprano, paseó viendo los escaparates y fijándose en los niños de la mano de sus padres. Le gustaba el ambiente que había en las calles. La tarde caía, pronto encenderían las luces y todo se llenaría de magia.
Al entrar se identificó y una amable chica lo acompañó hasta una sala amplia donde había mucha gente joven preparando paquetes. La chica lo presentó y todos le miraron con simpatía.
Mario cargó las bolsas en las alforjas y salió a la calle detrás de todos los demás. Notó el frío de la noche en la cara, se oía un murmullo potente, le sudaban las manos.
Bueno, súbete ya, que esto empieza.
Mario se subió y se agarró con fuerza a la silla. Con un balanceo hacia delante se levantó. El ruido de la multitud se iba acercando al aproximarse al portalón. Nada más salir los gritos de los niños aumentaron, Mario notó como se le ponía un nudo en la garganta y le subía un calor intenso a los ojos.
Los caramelos, no te olvides. Le comentó uno de los chicos que le acompañaba.
Metió la mano en las alforjas y lanzó un puñado de caramelos.
¡¡ Baltasar, Baltasar!! gritaban todos los niños.
Aquella fue una de las mejores cabalgatas de los últimos años, de las pocas en que Baltasar era realmente negro ….. y muy guapo.
Al entrar se identificó y una amable chica lo acompañó hasta una sala amplia donde había mucha gente joven preparando paquetes. La chica lo presentó y todos le miraron con simpatía.
Mario cargó las bolsas en las alforjas y salió a la calle detrás de todos los demás. Notó el frío de la noche en la cara, se oía un murmullo potente, le sudaban las manos.
Bueno, súbete ya, que esto empieza.
Mario se subió y se agarró con fuerza a la silla. Con un balanceo hacia delante se levantó. El ruido de la multitud se iba acercando al aproximarse al portalón. Nada más salir los gritos de los niños aumentaron, Mario notó como se le ponía un nudo en la garganta y le subía un calor intenso a los ojos.
Los caramelos, no te olvides. Le comentó uno de los chicos que le acompañaba.
Metió la mano en las alforjas y lanzó un puñado de caramelos.
¡¡ Baltasar, Baltasar!! gritaban todos los niños.
Aquella fue una de las mejores cabalgatas de los últimos años, de las pocas en que Baltasar era realmente negro ….. y muy guapo.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Venecia (y II) segunda parte del post Venecia
Lo mejor era quedarse un buen rato y luego salir, esperaba que no le descubrieran. Ahora empezaba a oír algo así como un cuchicheo, luego aumentó y se convirtió claramente en un jadeo, un jadeo a dos voces. No podía ser verdad, estaba oyendo a una pareja en pleno acto sexual. ¿Y la puerta abierta?. Habrían entrado juntos y en el forcejeo amoroso no cerraron. Bueno será cuestión de salir que igual acaban y se ….
Ahora escuchaba pasos por la escalera, alguien subía, ¡por dios que siga al otro piso!.
Su única reacción fue cerrar la puerta y así ganar algo de tiempo.
- ¡Marchelo!, viene mi marido, rápido, la ventana.
Oyó claramente la voz de la mujer y luego todo sucedió vertiginosamente.
Un hombre muy alto y en camisilla entró abriendo con la llave, llevaba una gorra y era la viva imagen del italiano visceral de miles de películas neorrealistas. Al encender la luz y encontrarse con el fugitivo, su reacción fue de sorpresa violenta. Cerró de un portazo y lo miró ceñudo.
- ¿Qué haces aquí mamarracho?.
- Es un error ….
No tuvo tiempo de decir nada más, un puño de hierro se estrelló contra su cara, cayó al suelo y siguió rogando.
- Está equivocado ...yo...
- ¡Renatta!, ahora cuando acabe con éste voy a por ti -. Gritó mientras volvía a levantarlo para continuar con la zurra.
- Rocco, ¿qué pasa? -. La mujer se asomó con el gorro de ducha en la cabeza, no podía creer lo que estaba viendo.
- No te hagas la boba y prepárate.
El intruso ya no lograba articular palabra, el marido engañado abrió la puerta y lo lanzó por las escaleras. Tonino rodó escaleras abajo. En cuanto se detuvo se agarró de la baranda y se levantó. Le dolía todo y le costaba respirar. Sin verse en un espejo sabía que estaba irreconocible. Una idea se impuso en su mente, tenía que salir de allí.
Una vez en la calle volvió a notar el olor dulzón del canal, fue dando pasos y se fue enderezando. Logró llegar a la plazoleta acordada, se derrumbó en un banco y notó como un suave sopor se iba adueñando de él, la última imagen que pasó por su cabeza fue la de la cara de sorpresa de la esposa infiel. Sonrió y cerró los ojos.
Ahora escuchaba pasos por la escalera, alguien subía, ¡por dios que siga al otro piso!.
Su única reacción fue cerrar la puerta y así ganar algo de tiempo.
- ¡Marchelo!, viene mi marido, rápido, la ventana.
Oyó claramente la voz de la mujer y luego todo sucedió vertiginosamente.
Un hombre muy alto y en camisilla entró abriendo con la llave, llevaba una gorra y era la viva imagen del italiano visceral de miles de películas neorrealistas. Al encender la luz y encontrarse con el fugitivo, su reacción fue de sorpresa violenta. Cerró de un portazo y lo miró ceñudo.
- ¿Qué haces aquí mamarracho?.
- Es un error ….
No tuvo tiempo de decir nada más, un puño de hierro se estrelló contra su cara, cayó al suelo y siguió rogando.
- Está equivocado ...yo...
- ¡Renatta!, ahora cuando acabe con éste voy a por ti -. Gritó mientras volvía a levantarlo para continuar con la zurra.
- Rocco, ¿qué pasa? -. La mujer se asomó con el gorro de ducha en la cabeza, no podía creer lo que estaba viendo.
- No te hagas la boba y prepárate.
El intruso ya no lograba articular palabra, el marido engañado abrió la puerta y lo lanzó por las escaleras. Tonino rodó escaleras abajo. En cuanto se detuvo se agarró de la baranda y se levantó. Le dolía todo y le costaba respirar. Sin verse en un espejo sabía que estaba irreconocible. Una idea se impuso en su mente, tenía que salir de allí.
Una vez en la calle volvió a notar el olor dulzón del canal, fue dando pasos y se fue enderezando. Logró llegar a la plazoleta acordada, se derrumbó en un banco y notó como un suave sopor se iba adueñando de él, la última imagen que pasó por su cabeza fue la de la cara de sorpresa de la esposa infiel. Sonrió y cerró los ojos.
viernes, 1 de octubre de 2010
Venecia (I) y sigue ....
La cálida tarde hacía aumentar aquel olor algo dulzón que emanaban sus aguas. Tonino miró hacia atrás al salir de la callejuela, creía haberlos despistado. Cruzó el puente por encima del estrecho canal y se encaminó hacia la iglesia de San Eustachio. Justo cuando iba a entrar vio a uno de ellos y giró en redondo para volver a enfilar la misma callejuela, los tendederos lucían impecables llenos de ropa, una sábana blanca le rozó la cara, desprendiendo un agradable olor a limpio. Le pareció de mal augurio aquella coincidencia, desechó el pensamiento y apretó el paso. El siguiente punto de encuentro era en los urinarios de la Plazoleta de San Polo, aún faltaba un trecho, calculó su recorrido para no caer en una emboscada. Huir en una ciudad con canales es realmente complicado a no ser que puedas volar. Con esta última entrega acabaría de una vez con este asunto y podría salir de aquella apestosa ciudad, no entendía que a la gente le pudiera parecer romántica. Oyó un silbido pasar muy cerca de su oído, dicen que las que oyes ya no son peligrosas, porque ya pasaron, no se detuvo a esperar por la siguiente y entró en el primer portal que encontró abierto. Subió las escaleras y entró en una vivienda que tenía la puerta entreabierta. Intentar que no se oyera su respiración y el tamborileo de su corazón le resultó un gran esfuerzo de concentración. Simplemente se detuvo, se pegó a la pared y prestó atención. Tras unos minutos comprobó que no había subido nadie al piso, pero dentro de la casa había alguien.
....continuará .....
....continuará .....
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