El cielo está lleno de estrellas que iluminan nuestras caras.
El viaje de Bubaque a Canhabaque, aunque placentero, fue muy duro por el calor, una vez en la isla visitamos varias tabancas (poblados) para comprar comida, lo único que logramos fue una mísera gallina a la que tuvimos que perseguir para su captura, ¡lo que corre una gallina cuando se lo propone!. Esta falta de abastecimiento es habitual en las Bijagos, una serie de islas pobladas por familias que viven de manera autosuficiente de los productos que cultivan, complementándolos con productos del delta: marisco y pescado. No existía, además, un transporte regular que los comunicara con Bubaque, la isla principal.
De esa guisa, hambrientos, agotados del calor y transportando por turnos nuestra gallina viva (por lo de mantenerla fresca, claro) atravesamos de nuevo el manglar hasta la orilla para subir a nuestro barco.
Una vez en la playa tenemos una visión sorprendente, la Mathilde Claire, nuestra embarcación, está en medio del río. Les hacemos señales a los tripulantes desde la orilla. Nelson, nuestro guía, se acerca por otra parte de la costa que se aproxima más a la nave. Nosotros, felices, nos bañamos con los niños en la orilla, son las 5 y media y los mosquitos empiezan a aparecer, para protegernos nos llenamos de lodo, los niños se ríen, especialmente de Martín que con su delgadez y altura, lleno de barro, les debe parecer como un cocotero con patas y ojos. Él no se ríe....., tiene fiebre.
Por fin llegan las explicaciones, al bajar la marea el patrón no se atrevió a acercarse mucho a la orilla y ahora estaba encallado allí en medio, a una distancia que cualquiera que supiera nadar franquearía sin problema. Pero el guía no lo permite y prefiere que andemos hasta la punta más próxima. Nosotros, como auténticos “aventureros” que éramos, comenzamos a caminar por el manglar cada vez más infestado de mosquitos (ojo, que es zona de malaria) sin podernos quitar el calzado para protegernos de las hirientes ramas bajo el fango. Nuestros pies eran succionados por el lodo mantecoso y de olor penetrante. Nelson miraba nervioso al agua de la orilla y nos metía prisa, Jonás, que iba de los primeros, de repente se hunde un poco más, al pararse todos aprovechamos para, apoyándonos en él, pasar esa zona conflictiva. Una vez ya todos en el agua vemos que logra zafar los pies sin botas y meter el brazo para sacarlas: toda una proeza. (Continuará ......)
Islas
Tenerife desde La Gomera
El blog de Beatriz Fariña
El que no inventa no vive. Ana María Matute (premio Cervantes).
jueves, 30 de junio de 2011
domingo, 19 de junio de 2011
Querétaro*
Andando por la orilla de la playa las vi, por los senderos de la selva las vi, también en las paredes de la cabaña donde sesteaba en las horas de calor, tras los muros del bar donde servían bebidas a los sones del calipso más caliente, también ahí las vi, de un azul turquesa igual que el cielo que refleja el mar del trópico.
* la palabra elegida por los internautas como la más bella del idioma castellano, su significado es: la isla de las salamandras azules.
* la palabra elegida por los internautas como la más bella del idioma castellano, su significado es: la isla de las salamandras azules.
sábado, 28 de mayo de 2011
Acompañados
Pedro lo había sido todo y lo había tenido todo, ahora sus pertenencias cabían en el carro del súper que empujaba calle arriba rumbo a la plaza donde solía pasar la noche. Pues sí, casas, coches, barcos, sexo, poder y drogas, muchas drogas. Ahora mismo se conformaba con el vino de tetra brick que compraba en cuanto pillaba unas perras. Doblando la esquina vio a un gran grupo de gente que se sentaban en ese momento, bueno, no era la primera vez que algún grupo de protestones compartían durante unas horas su plaza. Los fue esquivando hasta llegar al lugar dónde extendía sus cartones y preparaba la cama, algunos le miraban con sonrisa culpable.
- ¡Machangos! Pensó para sí.
Cuando se le acabó el vino y le llegó el sopor del sueño seguían allí, sacaron un megáfono. Pedro cerró los ojos y los volvió a abrir de madrugada, aun estaban allí, el grupo se acurrucaba apretándose unos con los otros, tenían sacos y algunas mantas. Volvió a cerrar los ojos despreocupado, - ya se largarán.
Tres días después todavía seguían en su plaza, tenían tiendas, cocina, altavoces, micros, mantas e incluso una guardería. A Pedro se la sudaba todo eso que ponían en sus carteles, democracia, trabajo, libertad....Para él lo único importante era poder dormir de un tirón mecido por los efluvios del alcohol, el resto del día sólo esperaba a que llegara ese momento, dormir, olvidar, no pensar.
Una semana después no sólo seguían allí sino que eran muchos más, de todos los colores, edades, sexos y pelambreras. Varias veces habían ido a hablar con él, Pedro se hacía el yonqui transtornado y lo dejaban tranquilo. Pero había un chico que especialmente le irritaba, estaba empeñado en darle de comer, en dejarle cartones más nuevos y mullidos, en cambiarle sus mantas por otras nuevas, toda una serie de amabilidades que Pedro despreciaba y además le molestaban, él no quería nada de eso, sólo quería que lo dejaran tranquilo que se fueran de una maldita vez a dormir a sus camitas calientes de “niños de papá”.
El día que la policía entró a desalojar la plaza todos recibieron. Habían acordado no moverse y permanecer sentados pacíficamente. Mientras lo arrastraban por el suelo, Juan se fijó en el bulto que seguía inmóvil en el soportal de la tienda, esa mañana no se había levantado, era extraño, siempre recogía sus trastos tempranito y se iba. Juan intentó decirle algo a uno de los policías que lo arrastraba, éste interpretó que se resistía y le dio un par de porrazos más. Juan prefirió callar, como casi siempre.
- ¡Machangos! Pensó para sí.
Cuando se le acabó el vino y le llegó el sopor del sueño seguían allí, sacaron un megáfono. Pedro cerró los ojos y los volvió a abrir de madrugada, aun estaban allí, el grupo se acurrucaba apretándose unos con los otros, tenían sacos y algunas mantas. Volvió a cerrar los ojos despreocupado, - ya se largarán.
Tres días después todavía seguían en su plaza, tenían tiendas, cocina, altavoces, micros, mantas e incluso una guardería. A Pedro se la sudaba todo eso que ponían en sus carteles, democracia, trabajo, libertad....Para él lo único importante era poder dormir de un tirón mecido por los efluvios del alcohol, el resto del día sólo esperaba a que llegara ese momento, dormir, olvidar, no pensar.
Una semana después no sólo seguían allí sino que eran muchos más, de todos los colores, edades, sexos y pelambreras. Varias veces habían ido a hablar con él, Pedro se hacía el yonqui transtornado y lo dejaban tranquilo. Pero había un chico que especialmente le irritaba, estaba empeñado en darle de comer, en dejarle cartones más nuevos y mullidos, en cambiarle sus mantas por otras nuevas, toda una serie de amabilidades que Pedro despreciaba y además le molestaban, él no quería nada de eso, sólo quería que lo dejaran tranquilo que se fueran de una maldita vez a dormir a sus camitas calientes de “niños de papá”.
El día que la policía entró a desalojar la plaza todos recibieron. Habían acordado no moverse y permanecer sentados pacíficamente. Mientras lo arrastraban por el suelo, Juan se fijó en el bulto que seguía inmóvil en el soportal de la tienda, esa mañana no se había levantado, era extraño, siempre recogía sus trastos tempranito y se iba. Juan intentó decirle algo a uno de los policías que lo arrastraba, éste interpretó que se resistía y le dio un par de porrazos más. Juan prefirió callar, como casi siempre.
miércoles, 18 de mayo de 2011
hacer algo
Había una vez un pueblo dormido al que no le afectaba casi nada, ni siquiera que los despidieran por la cara, adormecidos miraban la tele y asentían como los perritos antiguos en la parte trasera del coche. Pero un día un grupo de gente se espabilaron, dejaron de mirar a la caja tonta y se dieron cuenta de que les estaban tomando el pelo, que ellos no eran los culpables, que la opinión ya no era pública sino manipulada, que la democracia ya no lo era y que quizás se pudiera hacer algo. Y lo hicieron.
domingo, 8 de mayo de 2011
el hombre de negro
Cuando aquel hombre de negro (ya no utiliza guadaña, está pasada de moda) se me acercó y me dijo:
- te vienes conmigo.
Tenían yo aun muchas cosas que hacer, y mira que era guapo y atractivo, sí atractivo a pesar de un cierto aire siniestro. Tenía yo la tarde creativa y quería cocinar una cenita especial e imaginativa. Además al día siguiente había quedado con unos amigos para arreglar la huerta. Eso y un montón de planes para los siguientes días, semanas, meses, etc.
Así que le tuve que decir que no, que se esperase. Yo seguí a lo mío, tosí con fuerza, que había leído en internet que era bueno en esas situaciones. Tosí y pensé en lo rica que me iban a quedar las cigalas a la plancha con la salsa que estaba batiendo. Así que no le quedó otra que irse, y mira que era guapo.
- te vienes conmigo.
Tenían yo aun muchas cosas que hacer, y mira que era guapo y atractivo, sí atractivo a pesar de un cierto aire siniestro. Tenía yo la tarde creativa y quería cocinar una cenita especial e imaginativa. Además al día siguiente había quedado con unos amigos para arreglar la huerta. Eso y un montón de planes para los siguientes días, semanas, meses, etc.
Así que le tuve que decir que no, que se esperase. Yo seguí a lo mío, tosí con fuerza, que había leído en internet que era bueno en esas situaciones. Tosí y pensé en lo rica que me iban a quedar las cigalas a la plancha con la salsa que estaba batiendo. Así que no le quedó otra que irse, y mira que era guapo.
sábado, 30 de abril de 2011
Nadia
Nadia se asomó por la ventana para ver el mar, faltaba poco para el atardecer. Se estremeció de belleza. Iba a ser difícil, muy difícil.
Cenó en el hotel, el caldo “estilo conventual” y las exquisitas verduras a la plancha del huerto del propio parador, le hicieron “alcanzar el cielo”. Quiso regalarse con esos placeres en su última noche, el alojamiento lo había elegido precisamente por su belleza, era un antiguo caserón del siglo dieciocho cerca del mar. Tomó una copa en el salón común cerca de la chimenea, una señora muy mayor entabló con ella una apasionante conversación sobre arte y belleza.
Durmió de un tirón, con la tranquilidad de quien tiene una importante decisión tomada, el desayuno a base de pan de hogaza, aceite de oliva y fruta, la trasladó a tiempos felices.
Dio un largo paseo por la playa, regresó al parador con lágrimas en los ojos. Fue directamente a hablar con el recepcionista, un hombre de extraordinaria hermosura y trato amable.
- No dejaré el hotel hoy – le dijo Nadia.
- ¿Hasta cuando quiere quedarse?.
- Pues aun no lo sé, quizás no me valla nunca.
Cenó en el hotel, el caldo “estilo conventual” y las exquisitas verduras a la plancha del huerto del propio parador, le hicieron “alcanzar el cielo”. Quiso regalarse con esos placeres en su última noche, el alojamiento lo había elegido precisamente por su belleza, era un antiguo caserón del siglo dieciocho cerca del mar. Tomó una copa en el salón común cerca de la chimenea, una señora muy mayor entabló con ella una apasionante conversación sobre arte y belleza.
Durmió de un tirón, con la tranquilidad de quien tiene una importante decisión tomada, el desayuno a base de pan de hogaza, aceite de oliva y fruta, la trasladó a tiempos felices.
Dio un largo paseo por la playa, regresó al parador con lágrimas en los ojos. Fue directamente a hablar con el recepcionista, un hombre de extraordinaria hermosura y trato amable.
- No dejaré el hotel hoy – le dijo Nadia.
- ¿Hasta cuando quiere quedarse?.
- Pues aun no lo sé, quizás no me valla nunca.
sábado, 9 de abril de 2011
La semana santa
Un ejercito de nazarenos me persigue, ¿estaré soñando de nuevo?. Tropiezo con un pilón, para ser un sueño el dolor de la rodilla ha sido muy real. Nunca me gustaron las procesiones, aunque sé que debajo de las capuchas hay gente normal como yo, que compran en el supermercado y madrugan para trabajar, incluso ahora hay mujeres. Logro darles esquinazo y entro a un bar. La barra está abarrotada, quizás si tomo algo me tranquilizo. ¡Oh no! hay uno de ellos comiendo, y a su lado están los costaleros, se les distingue por la ropa empapada de sudor. Salgo de nuevo, la calle se cierra de gente porque viene otra cofradía, cambio a otra, la muchedumbre viene hacia mí, entiendo que acaba de pasar por otro lado y ellos corren a su encuentro en otra calle. Esto es una locura, nunca llegaré al hotel. Noto el corazón muy rápido, estoy a punto de desmayarme.
- Hola, hola,.... ¿estás bien?
- Eh, eh... ¿dónde estoy? ¿Qué pasa?
- Pues no sé, creo que te desmayaste.
Una mujer de ojos negros y pelo oscuro con fuerte acento andaluz me levanta la cabeza apoyándola en su regazo. Puedo oler su cuerpo y percibir su calor. Noto la cara ardiendo, me la toco.
- Perdona, he tenido que darte unos cachetones para reanimarte, igual me pasé.
Lo dice con tanta gracia que la perdono. Me siento cómodo en sus brazos.
- Deberías comer algo, para que te reanime, vamos a ese bar.
- Espera, espera ….deja que me recupere un poco más. - Qué ojos tan bonitos tiene, ¡tremenda hembra!-.
Al rato ya no puedo fingir más y a ella le duelen las piernas de estar en cuclillas, así que me levanto despacito y apoyándome en ella, bueno más que eso me cuelgo de ella porque es muy alta y por suerte muy fuerte.
- ¡ Ale ! - me dice con alegría- ¿qué quieres tomar, mi “arma”?.
- Lo mismo que tú, pero la barra está a tope....
- No te preocupes que aquí me conocen. Martiiiín, dos cañas y algo de entullo.....
- ! Marchando ¡. - se escucha de detrás de la barra -.
Antes de que pudiera preguntarle su nombre ya nos estaban sirviendo.
- Aquí tienes, Carmen, las dos cañitas y un plato de boquerones.
- Gracias cielo, lo apuntas a la cuenta la cofradía y pásame el capirote que me voy en cuanto este angelito reviva.
- Hola, hola,.... ¿estás bien?
- Eh, eh... ¿dónde estoy? ¿Qué pasa?
- Pues no sé, creo que te desmayaste.
Una mujer de ojos negros y pelo oscuro con fuerte acento andaluz me levanta la cabeza apoyándola en su regazo. Puedo oler su cuerpo y percibir su calor. Noto la cara ardiendo, me la toco.
- Perdona, he tenido que darte unos cachetones para reanimarte, igual me pasé.
Lo dice con tanta gracia que la perdono. Me siento cómodo en sus brazos.
- Deberías comer algo, para que te reanime, vamos a ese bar.
- Espera, espera ….deja que me recupere un poco más. - Qué ojos tan bonitos tiene, ¡tremenda hembra!-.
Al rato ya no puedo fingir más y a ella le duelen las piernas de estar en cuclillas, así que me levanto despacito y apoyándome en ella, bueno más que eso me cuelgo de ella porque es muy alta y por suerte muy fuerte.
- ¡ Ale ! - me dice con alegría- ¿qué quieres tomar, mi “arma”?.
- Lo mismo que tú, pero la barra está a tope....
- No te preocupes que aquí me conocen. Martiiiín, dos cañas y algo de entullo.....
- ! Marchando ¡. - se escucha de detrás de la barra -.
Antes de que pudiera preguntarle su nombre ya nos estaban sirviendo.
- Aquí tienes, Carmen, las dos cañitas y un plato de boquerones.
- Gracias cielo, lo apuntas a la cuenta la cofradía y pásame el capirote que me voy en cuanto este angelito reviva.
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