Algunos domingos de verano mi padre llamaba al taxi de Duranza para que nos recogiera, era un Peugeot negro tipo "rubia". No cabíamos todos, los mayores iban en guagua o algunas veces no iban precisamente por que eran ya mayores. Mi madre llevaba, además del caldero de arroz amarillo, una caseta hecha con sacos de azúcar que ella había descosido y luego montado. Quedaba curiosa con esos sellos rojos sobre la lona blanca que decían "azucarera española". Pasábamos el día entero, por la tarde venía de nuevo el taxi y regresábamos a casa ensalitrados y con arena en todos los pliegues de nuestro cuerpo. Recuerdo que íbamos cuando la playa era natural y también luego cuando estaba en obras para convertirse en una playa rubia. Era entonces una playa mucho más incómoda porque habían desaparecido los callaos pero lo pasábamos igual de bien.Islas
Tenerife desde La Gomera
El blog de Beatriz Fariña
El que no inventa no vive. Ana María Matute (premio Cervantes).
martes, 6 de abril de 2010
La playa y la infancia
Algunos domingos de verano mi padre llamaba al taxi de Duranza para que nos recogiera, era un Peugeot negro tipo "rubia". No cabíamos todos, los mayores iban en guagua o algunas veces no iban precisamente por que eran ya mayores. Mi madre llevaba, además del caldero de arroz amarillo, una caseta hecha con sacos de azúcar que ella había descosido y luego montado. Quedaba curiosa con esos sellos rojos sobre la lona blanca que decían "azucarera española". Pasábamos el día entero, por la tarde venía de nuevo el taxi y regresábamos a casa ensalitrados y con arena en todos los pliegues de nuestro cuerpo. Recuerdo que íbamos cuando la playa era natural y también luego cuando estaba en obras para convertirse en una playa rubia. Era entonces una playa mucho más incómoda porque habían desaparecido los callaos pero lo pasábamos igual de bien.jueves, 1 de abril de 2010
"Ni perrito que me ladre"
A sus 70 años, cuando algún hombre la miraba ella recibía esa mirada como un halago. Siempre andaba por la calle muy derecha y segura de sí misma. Nunca perdió el interés por arreglarse y estar guapa. Siempre fue importante "el que dirán" como ella decía. Eso la hacía estar siempre de "buen" semblante y "ver". Aquella mañana, al igual que muchas otras se bajó de su taxi en el centro y se dirigió a la tienda donde habitualmente se compraba su tinte caoba, color elegido ya desde hace años por considerarlo "favorecedor". Toñi, la dependienta, la saludó afectuosamente, la conocía hacía años y aquella señora le resultaba simpática. Solían hablar un buen rato de cosas del día a día.
Con su bote de tinte en el bolso se dirigió hacia el bar Callao, en la barra pidió un cortadito y comentó que iba al servicio. Nunca lo hacía sin pedir algo en el establecimiento, lo contrario le parecía de "carotas". Tras la barra había un camarero nuevo que le sirvió el cortado algo claro, al ponerlo en la barra se rebosó mojando el sobre de azúcar. Ella le quitó importancia y se lo bebió a sorbitos mientras comentaba algo que salía en la tele. Por la calle se encontró con una señora que conocía de cuando ésta vendía en la recova, hablaron un rato hasta que a ambas les empezaron a doler los callos, siguieron cada una su camino. Ya la mañana había corrido lo suficiente como para volver a casa. Como no quería gastar más "perras" fue a la parada a coger la guagua. Conocía al conductor que le tocó, siempre echaban una parrafada antes de sentarse. Dió "una cabezadita" entre las 8 paradas que la separaban de la suya y medio asustada se levantó a tocar el timbre. Bajó algo torpemente, porque las piernas estaban pesadas del rato que llevaba sentada. Ahora le restaba un recorrido de unos quince minutos hasta su piso de la barriada. Tardó casi el doble porque saludó a Carmita que, alongada en la ventana, veía "cómo pasaba el tiempo".
Una vez en el hogar se cambió totalmente para ponerse ropa de "dentrocasa", abrió todas las ventanas y encendió la tele. La miró con ojos adormilados, se dijo: voy a "escabezar un sueñito" antes de comer, qué prisa hay ?.
Con su bote de tinte en el bolso se dirigió hacia el bar Callao, en la barra pidió un cortadito y comentó que iba al servicio. Nunca lo hacía sin pedir algo en el establecimiento, lo contrario le parecía de "carotas". Tras la barra había un camarero nuevo que le sirvió el cortado algo claro, al ponerlo en la barra se rebosó mojando el sobre de azúcar. Ella le quitó importancia y se lo bebió a sorbitos mientras comentaba algo que salía en la tele. Por la calle se encontró con una señora que conocía de cuando ésta vendía en la recova, hablaron un rato hasta que a ambas les empezaron a doler los callos, siguieron cada una su camino. Ya la mañana había corrido lo suficiente como para volver a casa. Como no quería gastar más "perras" fue a la parada a coger la guagua. Conocía al conductor que le tocó, siempre echaban una parrafada antes de sentarse. Dió "una cabezadita" entre las 8 paradas que la separaban de la suya y medio asustada se levantó a tocar el timbre. Bajó algo torpemente, porque las piernas estaban pesadas del rato que llevaba sentada. Ahora le restaba un recorrido de unos quince minutos hasta su piso de la barriada. Tardó casi el doble porque saludó a Carmita que, alongada en la ventana, veía "cómo pasaba el tiempo".
Una vez en el hogar se cambió totalmente para ponerse ropa de "dentrocasa", abrió todas las ventanas y encendió la tele. La miró con ojos adormilados, se dijo: voy a "escabezar un sueñito" antes de comer, qué prisa hay ?.
miércoles, 31 de marzo de 2010
Sahara
martes, 30 de marzo de 2010
Mi panadera
Mari es el nombre de mi panadera, la verdad que no sé mucho más de ella. Nuestra relación ya es de hace años, de antes de que se usara el término "relación virtual". Bueno, la nuestra realmente es más que virtual. Cada mañana desde temprano aparece colgada por fuera de mi verja una bolsita con unos panes dentro. Ya sé que soy la envidia de muchos, puesto que esto del pan fresco (y no congelado por cierto) a diario y tempranito es un lujo. Pues todo esto es gracias a Mari, a que confía en sus clientes y al acabar el mes junto con esos panes aparece un papel pequeño con una nota que dice: pan mes de febrero, el importe y una firma. Yo cuando me acuerdo y tengo suelto le pongo el dinero por la noche, al estilo ratoncito Pérez , y ella lo recoge antes de que amanezca. A veces hemos logrado hablar un poquito por teléfono para cambiar algo en nuestra original relación, el número de panes, los periodos sin servicio y esas cositas. Yo creo que ambas partes del negocio, ella y yo, estamos contentas con esta relación y esperamos que dure muchos más años.
lunes, 29 de marzo de 2010
un disco
Hace unos días caminaba por una calle de La Laguna y encontré una tienda pequeña que vendía discos, volví para atrás y entré. Recordé que había visto una entrevista en un periódico local al dueño y en su día me resultó raro.Tan sólo entrar lo vi, enfrente a mí justo a la altura de mis ojos. Decía llévame, te gustará y venciendo ese rollito agarrado que todos tenemos me compré este cd. Me sentí como una excéntrica, casi le pido disculpas al dueño por comprar un disco en estos tiempos. Bueno ya sé que él vive de eso, o quizás malvive. Sí le dije que hacía mucho tiempo que no compraba un cd, él no sé que pensaría. Bueno que se sepa que me gusta mucho esta cantante belinesa de la que tengo música desde hace años, alguna en cassete con sonido de "fritanga" incluido. Espero que los que estén a favor de las descargas gratuitas no me excomulguen y los de la SGAE no me den la medalla al mérito de los tontorrones.
domingo, 28 de marzo de 2010
Cosas del W.C.
El tamaño de un relato de retrete está relacionado, como no puede ser de otra forma, con el tiempo que pase uno sentado en él. Hay gente que suele leer revistillas, cómics o su libro de cabecera (en ese caso ya no es tan de cabecera claro), otros van al asunto y fuera. Yo soy más bien lentilla y a veces ojeo algo y la gran mayoría invento historias. Desde hace un tiempo y gracias a ciertas bayas que tomo, estoy más ligerilla, con lo que sólo me salen microrelatos. Pero no cabe duda que andar ligera en estos menesteres revierte en, digamos, la frescura del relato, por lo tanto pierden en extensión pero ganan por otro lado.
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